Los zoos son injustos, ¿y ahora qué hacemos?

Los zoos son injustos, ¿y ahora qué hacemos?

Como el proceso de tramitación de la Iniciativa Ciudadana ZOOXXI no comprendía las comparecencias, desde ZOOXXI propusimos llevar a cabo un debate de ideas sobre el tema de la ética ligada a la ciencia del zoo de Barcelona. Dos personas propuestas por el Zoo de Barcelona, Xavier Manteca, especialista en el estudio del comportamiento y el bienestar animal, y Manel López Béjar, director del Comité Ético del zoo de Barcelona, y dos personas propuestas por ZOOXXI, la Marta Tafalla, doctora en Filosofía y profesora de Estética y Ética en la Universitat Autònoma de Barcelona, y Adrià Voltes, doctor en Biomedicina, defendieron su modelo ante los cargos electos del Ayuntamiento.

Os compartimos la ponencia de Marta Tafalla:

Empiezo con una cuestión que de entrada os parecerá que no tiene mucho que ver con el zoo, pero os prometo que tiene mucho que ver. Os planteo una pregunta: si hoy sabemos que la catástrofe ecológica que estamos provocando, y especialmente el cambio climático, configura el problema más grave que ha tenido nunca la especie humana, ¿cómo es posible que la mayoría de nuestra sociedad no sea consciente? ¿Cómo es posible que ante los comicios electorales en el estado español casi no se hable? ¿Cómo es posible que la prensa informe tan poco y tan mal? ¿Cómo es posible que tanta gente con cargos de responsabilidad en la política, la economía, la cultura o la educación ni siquiera entienda la gravedad del cambio climático y lo que implicará para todos nosotros en las próximas décadas?

Os doy la respuesta a esta pregunta: nuestra sociedad no es consciente de la gravedad del cambio climático por la sencilla razón de que el lobby que orquestó el discurso negacionista fue muy eficaz. El lobby negacionista, financiado por algunas de las empresas que más contribuyen al cambio climático, difundió el discurso de que el aumento de temperatura al planeta no es tan grave y se podrá resolver con tecnología, de forma que no hace falta que la gente se quite el sueño. Con su mensaje tranquilizador, este lobby consiguió convencer la inmensa mayoría de la sociedad. Por esta razón, a pesar de que en los 70 ya teníamos la información fundamental sobre el cambio climático, en todas estas décadas no hemos hecho prácticamente nada para pararlo. Al contrario, hemos ido aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora, hoy en día, cuando ya es patente que el cambio climático pondrá en riesgo nuestra civilización, la gente más joven sale a las calles y protesta porque la generación de sus padres y abuelos no actuaron cuando todavía se podía. Hemos perdido 40 años. Y los hemos perdido porque el lobby negacionista del cambio climático fue muy eficaz.

Si queréis entender los mecanismos de este lobby os recomiendo leer Mercaderes de la duda, una investigación realizada por Naomi Oreskes y Erik Conway. Este libro explica cómo han funcionado algunos de los lobbys más “exitosos”: el lobby que defendió el tabaco negando que fuera cancerígeno, el lobby que negó que el agujero de la capa de ozono fuera un problema, o el lobby que nos convenció de que el cambio climático no era un problema grave. En todos estos casos, una parte de la sociedad se dejó engatusar por discursos falsos financiados por las mismas empresas que estaban causando estos problemas. Esta es una lección que tendríamos que aprender.

Ahora volvemos al zoo. Y yo os pregunto: ¿cómo es posible que tanta gente a nuestra sociedad haya aceptado durante tanto de tiempo que era correcto mantener animales salvajes encerrados en jaulas minúsculas y exhibirlos al público a cambio de dinero? Mantener animales lejos de sus hábitats, separados de sus familias, encerrados en espacios diminutos y artificiales, en decorados de cartón piedra, obligados a pasar los días rodeados de seres humanos que les miran, les gritan, les aplauden, les tiran cosas. Sin poder realizar sus conductas naturales. Sin poder disfrutar de sus vidas de manera autónoma. Sin poder ir donde quieren cuando quieren, comer lo que quieren cuando quieren. Sin poder alejarse de individuos a los que no soportan, o siendo obligados a separarse de individuos con quienes tienen un fuerte vínculo afectivo. Siempre dependiendo de los caprichos de los humanos que los mantienen prisioneros, seres de otra especie que pueden no entender elementos claves de su salud y conducta. ¿Cómo es posible que esto se haya tolerado en sociedades modernas y cultas? ¿Cómo es posible que ciudades progresistas como Barcelona lo hayan aceptado? ¿Cómo es que las escuelas llevan a los niños a ver estas criaturas frustradas y deprimidas? La respuesta es muy sencilla. Porque el lobby de los zoos, un lobby tremendamente poderoso, internacional, sin escrúpulos, que está defendiendo con uñas y dientes un negocio millonario, se ha dedicado a defender una supuesta utilidad de los zoos. Y como este lobby ha convencido a científicos, políticos, escuelas, y una parte de la sociedad, hemos mantenido los zoos. Ahora, la gente más joven, igual que se levanta y protesta porque sus padres y abuelos no hicieron nada contra el cambio climático, se levanta y protesta porque sus padres y abuelos no hicieron nada contra los zoos.

Los zoos defienden que quieren educar los niños y niñas para que conozcan el animales. Pero en el zoo solo verán animales fuera de contexto, exhibidos en jaulas como si fueran mercancías en escaparates. Lo que ven dentro de las jaulas son cuerpos pero no formas de vida, ven cuerpos que no pueden realizar sus conductas naturales ni las funciones que realizan los animales en sus ecosistemas. Por eso los niños pasan unos segundos ante cada jaula y se marchan enseguida a otra. Porque aquello, en el fondo, no tiene ningún interés. Ver animales aburridos, frustrados, deprimidos, no tiene ningún interés. Ver animales que no pueden ser ellos mismos, leones que no hacen vida de leones, elefantes que no hacen vida de elefantes, no tiene ningún interés.

Y os hago otra pregunta. Estos mismos niños y niñas que van al zoo con su escuela: ¿conocen la fauna autóctona? En la ciudad de Barcelona identifican unas 80 especies de pájaros. Los niños y niñas de la ciudad, ¿los conocen? Y los adultos, ¿los conocen? ¿Conocen los mamíferos que viven en Collserola? ¿saben que hay tejones y jinetes y zorros? ¿Cuántos nombres de mariposas conocen? ¿De cuántas especies de nuestra fauna local conocen su forma de vida, qué comen, si son animales solitarios o sociales, dónde hacen sus nidos o sus madrigueras, si migran o si hibernan? No sería más razonable, si queremos que los niños conozcan el mundo animal, mostrarles los animales de nuestra fauna local dentro de sus hábitats, realizando sus conductas naturales, realizando funciones fundamentales en los ecosistemas?

Sobre esto les recomiendo otro libro: Los últimos niños en el bosque. Salvemos a nuestros hijos del transtorno por déficit de naturaleza, de Richard Louv, donde describe cómo estamos educando los niños sin contacto con el mundo natural. Para que los niños y niñas entiendan que la biosfera es una comunidad multiespècie hay que mostrarles animales libres haciendo sus vidas, y esto es justamente lo que el zoo no puede mostrar. El zoo no deja de ser un mundo de fantasía, un mundo imaginario, un decorado de cartón piedra, que mezcla animales de continentes diferentes que puedes contemplar circulando en un trenecito de juguete. Un lugar lleno de tiendas que venden animales de peluche, restaurantes y lugares donde jugar. Hasta hace muy poco, el zoo se publicitaba conjuntamente con el parque de atracciones del Tibidabo. Y en la publicidad se hablaba del Tibizoo. El Tibizoo. En la publicidad se veía una cebra real mirando un caballete de juguete de un tiovivo. Era muy sincera, esta publicidad. Los animales se presentaban como juguetes. Los animales se presentaban como espectáculos. Los animales se presentaban como atracciones en un parque de atracciones.

No, el zoo no sirve para educar los niños ni los adultos sobre el mundo animal. Si uno se acostumbra a ver animales en el zoo, acaba creyendo que el hábitat de los animales son las jaulas, acaba creyendo que los animales pertenecen a las jaulas, a estos espacios artificiales y cutres donde se ven obligados a vivir. Si uno se acostumbra a ver animales al zoo, no entiende que los guepardos corren, no entiende que las aves vuelan, no entiende que los delfines recorren los océanos, no entiende que en las familias de los lobos los padres enseñan a sus hijos cómo cazar.

El zoo es una máquina del olvido. En el zoo, los animales olvidan su forma de vida y se pierden en ellos mismos, pierden su propia identidad. Pero el público que va al zoo y los trabajadores del zoo también olvidan cómo son los animales.

El zoo nos vende una mentira: nos dice que las jaulas son ventanas al mundo natural. Nos dice: si no puedes viajar a África, ven al zoo y verás cebras y leones. Pero no es cierto. Las jaulas no son ventanas que muestran los animales tal como son. Las jaulas modifican la conducta de los animales. Les impiden realizar sus conductas naturales y les obligan a realizar conductas artificiales, por el sencillo hecho que los encierran fuera de su hábitat en espacios artificiales y diminutos; les exponen muchas horas cada día al público y al ruido; les imponen unos horarios y unas normas de cuándo y cómo se come. Las jaulas transforman a los animales. Les roban su identidad y les imponen una identidad artificial.

Los animales son inteligentes, pero en la jaula no pueden usar esta inteligencia: no pueden explorar un territorio y defenderlo, buscar su alimento, relacionarse de manera natural con sus congéneres, tomar decisiones, y por eso la jaula no les permite desarrollar su inteligencia. Los animales están llenos de energía, de vitalidad, pero la jaula se lo roba, porque dentro de la jaula no pueden hacer nada con su energía. Todo aquello que hace que los animales sean maravillosos, la jaula se lo quita. En la naturaleza, los elefantes construyen redes de caminos de miles de kilómetros que mantienen cuidadosamente y que son aprovechados también por otras especies. En la naturaleza, los orangutanes usan algunas plantas como medicamentos y las madres enseñan a sus hijos a usarlas. En las jaulas, esto es imposible. En las jaulas solo encontramos cuerpos deprimidos, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos estereotipados. Y entonces, como solo vemos cuerpos deprimidos y estereotipias, los defensores del zoo nos dicen: “es que los animales no son inteligentes, es que no tienen emociones, es que no sienten, es que les es igual estar dentro o fuera de la jaula”.

Fijaos en esta operación: el zoo, primero roba la identidad de los animales, y después dice que los animales no tienen identidad. Primero les roba la libertad, y después dice que la libertad no les importa. Se tiene que ser muy cínico para hacer y decir esto.

Y los zoos lo hacen por una razón: porque a alguna gente la inteligencia de los animales no les gusta. No quieren que los animales sean inteligentes y tengan emociones y vidas interesantes. Querrían que solo los humanos fueran inteligentes, para poder defender todo aquel rollo de la supremacía humana y jactarse de que el ser humano es el rey de la creación. Al final, los zoos tienen mucho que ver con la vanidad humana. Con un deseo de superioridad y control. Y como quieren que los animales no sean inteligentes ni emocionales, encierran a unos cuantos en una jaula hasta robarles su inteligencia, su alegría vital y su salud mental, para poder decir: “es que estos animales no son inteligentes”.

Parafraseando Frans de Waal, hay gente que no tiene suficiente inteligencia para reconocer la inteligencia de los otros animales. Porque su egoísmo, su vanidad, su egocentrismo, su superficialidad, no soporta que otros seres muestren inteligencia. Es gente que no sabe admirar. Es gente que no tiene la capacidad de admirar.

Los zoos buscan justificarse con un discurso científico. Pero la ciencia no es nada sin ética. La ciencia no es más que un método de conocimiento, una forma de adquirir conocimiento. Pero decidir qué queremos conocer, decidir qué investigamos, plantearnos preguntas, tiene mucho que ver con valores éticos. Pongo un ejemplo muy sencillo. Un médico puede decidir investigar cómo curar el cáncer de estómago. Pero un médico también puede decidir investigar en busca de métodos de tortura. La medicina avanza gracias al conocimiento científico, pero el armamento militar también avanza gracias al conocimiento científico. Los medicamentos se basan en conocimientos científicos, pero las bombas nucleares también.

La ciencia se puede poner al servicio de fines justos o injustos, y es ciencia igualmente, es método científico igualmente. Por lo tanto, para demostrar que una práctica o una institución es correcta, no es suficiente con demostrar que se basa en el conocimiento científico. Nos ha que demostrar también que esta institución es éticamente justa. Que haya conocimiento científico detrás de los zoos no justifica éticamente los zoos, del mismo modo que el conocimiento científico que hay detrás las bombas nucleares no justifica éticamente las bombas nucleares. La discusión al respecto de los zoos es si son justos o son injustos. Y esto no tiene que ver solo con la ciencia. Tiene que ver, sobre todo, con la ética.

La ética es una disciplina filosófica que lleva más de 2.500 años analizando cómo tenemos que convivir con los otros animales. Lo que nos enseña la ética es que los otros animales no son meros objetos que podemos comprar y vender, no son instrumentos para usar como queremos, no son esclavos a nuestro servicio, no son seres inferiores a la especie humana, no existen para satisfacer nuestros deseos y caprichos. Pero como la ética es un freno para el dominio de los animales, es vista como un obstáculo, como una molestia, por todos aquellos que quieren hacer dinero con la explotación de los animales. Por eso, en las facultades de biología y veterinaria no se enseña ética.

Fijémonos en una cosa importante. Nuestros antepasados cazadores-recolectores que convivían en la naturaleza salvaje con los otros animales, nunca pensaron que los otros animales no tuvieran conciencia, no fueran capaces de sentir dolor o placer, no tuvieran emociones o conductas intencionales. En los inicios de la filosofía griega, Pitágoras defendió el respeto a los animales. E incluso Aristóteles, que justificaba usar los animales del mismo modo que justificaba también la esclavitud humana, nunca dudó que los animales sentían dolor y tenían vidas complejas. Durante la edad media se aceptaba sin problemas que los animales eran agentes, sentían placer y dolor, y tenían emociones y voluntad, aunque a menudo fueran maltratados.

Fue en los inicios de la modernidad, cuando empezó el capitalismo y la explotación de los animales y la naturaleza se expandió y reforzar, cuando también empezó el colonialismo, fue entonces cuando se inventó una concepción mecanicista de la naturaleza y los animales, con la cual se defendió que era legítimo explotar sin remordimientos los animales porque no tenían conciencia, porque no pensaban ni sentían, porque eran máquinas. Descartes fue uno de los encargados de construir esta teoría. Otros autores como Hume le reprocharon que aquello era absolutamente inverosímil e incluso ridículo. Los defensores del mecanicismo se tuvieron que esforzar de lo lindo para convencer la sociedad de una idea tan absurda, pero a la vez tan beneficiosa para los explotadores de animales. Esta disputa está explicada en libros como el de Jason Hribal Los animales son parte de la clase trabajadora, el llibre de Silvia Federici Calibán y la bruja o el llibre d’Alicia Puleo Ecofeminismo para otro mundo posible.

Esta construcción ideológica según la cual los animales son máquinas dejó de tener ningún tipo de legitimidad científica cuando en el siglo XIX Darwin escribió El origen de las especies, y nos mostró que los otros animales son como nosotros y nosotros somos como los otros animales. Todos somos el fruto de la selección natural, todos estamos emparentados y tenemos fisiologías similares. Darwin tenía muy claro que los animales sienten y sufren, y tienen emociones complejas similares a las nuestras. Como lo han tenido claro todos los científicos que han sabido mirar en el mundo real sin dejarse engañar por sus prejuicios antropocéntricos o sus intereses económicos.

Los otros animales son sujetos, es decir, experimentan su vida desde un punto de vista subjetivo. Saben si su vida va bien o va mal. Están contentos o están tristes. Tienen miedo o están calmados. Están enfadados o están agradecidos. Están alegres o están frustrados. Los animales tienen capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas. Tienen relaciones complejas con sus congéneres y con animales otras especies. Cómo han descrito científicos de la talla de Carl Safina, Frans de Waal, Lori Marino, Joyce Poole, Mark Bekoff, Robert Sapolsky, Jane Goodall, Dyan Fossey, Biruté Galdikas y tantos otros.

Como sabemos que son sujetos, no los podemos tratar como cosas, como instrumentos. En ética tenemos muy claro que tratar a un sujeto como si fuera un objeto es inmoral. Los sujetos tienen que ser respetados. Los sujetos tienen que poder vivir sus propias vidas libremente. Los sujetos tienen que estar protegidos por unos derechos para que nadie los reduzca a instrumentos, para que nadie les robe su vida, su salud, su libertad. De hecho, algunos jueces han empezado a reconocer algunos animales como personas no humanas y sujetas de derechos: es el caso de la orangutana Sandra o la chimpancé Cecilia.

Si los usamos como cosas para exhibirlos en jaulas y entretener a niños en un parque de atracciones estamos haciendo algo que es injusto, que es inmoral. Estamos defendiendo la supremacía humana, estamos defendiendo actitudes y valores egoístas. Y esto quiere decir que tratamos los animales de manera injusta y también que educamos los niños en los valores incorrectos.

El zoo fomenta la idea que está bien poseer animales y encerrarlos en jaulas, y por tanto, puede estimular en el público el deseo de poseer animales, el deseo de montarse sus propios zoos privados en su casa. El zoo puede fomentar que la gente encierre pájaros en jaulas o peces en peceras, o que se compre por internet animales exóticos. El tráfico ilegal de animales salvajes es una de las causas fundamentales que están poniendo en riesgo muchas especies. Y este tráfico ilegal de animales se basa en el mismo deseo de poseer animales que los zoos pueden estar fomentando en el público.

Por supuesto, denunciar el error que son los zoos no implica que cualquier forma de cautividad sea siempre incorrecta. Hay casos excepcionales donde la podemos aceptar como un mal menor. Cuando un animal herido o enfermo ya no puede volver a la naturaleza, o cuando tenemos un proyecto de cría en cautividad para reintroducir en la naturaleza una especie que está en peligro, como se hace con el lince ibérico o el visón europeo, podemos aceptar ciertas formas de cautividad como una forma de ayudar a los animales. Pero son siempre excepciones, y responden a causas justificadas. Y las condiciones tienen que estar pensadas para que el animal se encuentre el mejor posible, no para entretener al público. Justamente porque la cautividad toma la libertad a los animales solo se puede aceptar en el supuesto de que se haga en interés de los propios animales.

La diversión no es una razón que justifique la cautividad. Hacer dinero no es una razón que justifique la cautividad. El capricho de tener orangutanes encerrados porque a uno le gustan mucho no es una razón que justifique su cautividad. La creencia en la supremacía humana no es una razón que justifique la cautividad. La terquedad de alguna gente que no quiere progresar no es una razón que justifique la cautividad. El orgullo y el egoísmo y la vanidad de algunas personas no son razones que justifiquen la cautividad.

Cautividad y no cautividad no son lo mismo para los animales. A ellos no les es igual estar dentro o estar afuera de la jaula. A los animales no les es igual que los traten bien o los traten mal. Y os pongo un ejemplo: la ley de protección de los animales de Cataluña dice en el artículo 5 que está prohibido “Mantenerlos atados durante gran parte del día o limitarles de manera duradera el movimiento que les es necesario.” Reconoce, así, por ejemplo, que los perros que viven con familias humanas tienen que poder salir de casa regularmente para correr y jugar al aire libre. Si los perros necesitan correr, ¿no lo necesitan también los lobos, que son la misma especie? ¿Por qué están más protegidos los perros que los lobos si es la misma especie? Las contradicciones entre nuestras leyes solo se explican por los intereses económicos de algunas personas.

Los zoos no son justos. La cuestión es: ahora que los tenemos, ahora que hemos heredado este problema, ¿qué hacemos? ZOOXXI es una solución. Es la mejor solución que he visto nunca. Y si lo adoptamos estaremos progresando y mostrando un camino de progreso que otros zoos podrán elegir también. Quiero acabar esta ponencia manifestando el siguiente: parece mentira que sea necesario explicar todo esto en el siglo XXI. Parece mentira que haya que explicar esto en una sociedad supuestamente culta, moderna y progresista. Parece mentira. Muchas gracias por su atención.