Si se aprueba ZOOXXI, el zoo de Barcelona tendrá el 1er Centro de Estudios Científicos sobre la Sintiencia Animal del mundo

Si se aprueba ZOOXXI, el zoo de Barcelona tendrá el 1er Centro de Estudios Científicos sobre la Sintiencia Animal del mundo

Como el proceso de tramitación de la Iniciativa Ciudadana ZOOXXI no comprendía las comparecencias, desde ZOOXXI propusimos llevar a cabo un debate de ideas sobre el tema de la ética ligada a la ciencia del zoo de Barcelona. Dos personas propuestas por el Zoo de Barcelona, Xavier Manteca, especialista en el estudio del comportamiento y el bienestar animal, y Manel López Béjar, director del Comité Ético del zoo de Barcelona, y dos personas propuestas por ZOOXXI, la Marta Tafalla, doctora en Filosofía y profesora de Estética y Ética en la Universitat Autònoma de Barcelona, y Adrià Voltes, doctor en Biomedicina e investigador al grupo de Antropología de la Vida Animal, un grupo de investigación en Etnozoologia adscrito al Instituto Català de Antropología, defendieron su modelo ante los cargos electos del Ayuntamiento.

Raíz de la ponencia de Adrià Voltes, después de que el regidor Juanjo Puigcorbé lo sugiriera en su intervención a la última CEUM, y dado que todavía estábamos en plazo de modificación, hemos añadido un nuevo artículo a la modificación de la Ordenanza que proponemos: el zoo de Barcelona incluirá el primer Centro de Estudios Científicos sobre la Sintiència Animal.

Os añadimos su ponencia:

 

“Mi línea de investigación presenta el concepto de sintiencia como uno de los ejes principales. La sintiencia es la capacidad de un individuo de tener experiencias positivas y negativas, en el momento en que un individuo es sintiente, este individuo puede sufrir y gozar, es un individuo que puede ser dañado y beneficiado. Mi investigación, por tanto, se centra en analizar la manera en que los animales humanos nos relacionamos con el resto de animales desde esta óptica neurocientífica.

Por tanto, en esta línea, a continuación me gustaría comentar una serie de aspectos relacionados con la vinculación entre ciencia y ética y quisiera comenzar enfatizando una observación que hacen el profesor en ecología y biología evolutiva Marc Bekoff y la experta en bioética Jessica Pierce. Estos académicos afirman que existe un resquicio en la traducción del conocimiento en el ámbito de la ciencia y ética animal, es decir, una fisura entre lo que sabemos y lo que hacemos. Disponemos de una gran cantidad de datos que nos explican quiénes son los otros animales y cómo se configuran sus vulnerabilidades, pero estos saberes no se traducen en nuevas prácticas. En nuestra capacidad de reconocer la importancia de estos datos está en juego la posibilidad de articular sociedades más inclusivas y solidarias con los otros animales.

A la hora de analizar esta fisura entre saberes y prácticas, cabe destacar que tenemos sobre nuestras espaldas el peso de una tradición filosófica y científica que describe animales no-humanos como objetos, como autómatas desprovistos de procesos de tipo consciente y emocional. La sombra de esta tradición mecanicista se alarga como mínimo hasta la segunda mitad del siglo XX. La misma Jane Goodall explica cómo fue señalada por la comunidad científica cuando empezó a hablar de la vida emocional de los chimpancés. Actualmente esta visión ha cambiado, y lo ha hecho informada por los datos científicos que derrumban viejos prejuicios. Me pregunto si quizá ha llegado también el momento de derrumbar viejas prácticas.

En el año 2012 encontramos un primer posicionamiento explícito por parte de algunos de los mejores neurocientíficos del campo en un consenso que queda recogido en la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia. La principal conclusión que queda recogida en este consenso científicos es que el neocórtex -una estructura del cerebro presente en algunos mamíferos y, por tanto, también en los humanos pero no en el resto de los animales-, parece ser una estructura prescindible de la conciencia, es decir, puede haber conciencia sin neocórtex y, por tanto, la conciencia no se encuentra limitada ni a la experiencia humana ni a la experiencia de los mamíferos. De hecho, la Declaración de Cambridge afirma que individuos como los mamíferos, las aves y otros organismos como el pulpo, son conscientes. Por tanto, ya desde el 2012 la comunidad científica pone de manifiesto que nuestra esfera de consideración moral y política no se puede ver limitada a la especie humana.

Pero los datos científicos sobre la conciencia y la sintiencia animal continúan cuestionando hoy nuestros prejuicios sobre quiénes son estos individuos con los que compartimos planeta. La ciencia continúa proporcionando información sobre la vulnerabilidad de los animales no-humanos ante la acción humana, con las implicaciones éticas que esto comporta. De hecho, en 2017, 5 años después de la Declaración de Cambridge, se publica el dossier científico “Conciencia Animal”, elaborado por 17 especialistas bajo la petición de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria y el Centro Nacional de Investigación Agrícola francés. Este dossier pretende analizar y discutir sobre el estado de la cuestión de la conciencia en animales no-humanos. Las conclusiones a las que se llegan en este documento no solo reconfirman las afirmaciones realizadas en la Declaración de Cambridge de 2012, sino que también amplían la presencia de procesos de tipos consciente a otros animales como los peces y algunos invertebrados más allá de pulpo. Además, dadas las evidencias de la capacidad de sufrir y gozar de los animales no-humanos, las conclusiones de este dossier incluyen la invitación a una reflexión sobre el modelo de relación que establecemos con los otros animales.

Estos y otros consensos nos hacen partir de la premisa que los animales no-humanos pueden manifestar una gran diversidad de estados emocionales y de procesos cognitivos y comunicativos. La vulnerabilidad, por tanto, deviene un vínculo común entre todos aquellos individuos que somos sintientes, aquellos individuos que podemos ver nuestras vidas beneficiadas y perjudicadas. Si los datos científicos han de tener un rol en la configuración de nuestros marcos de convivencia, hay algo que no podemos continuar obviando: negar la conciencia animal es anticientífico. Tenemos el reto de reconocer estos datos y ponerlos al servicio de una transformación de nuestra relación con el resto de animales, una relación que ha de reconocer el valor individual de cada animal y que ha de permitir el desarrollo de sus vidas en toda su complejidad y riqueza.

Las preguntas que nos hemos de formular son: ¿están los zoológicos a la altura de esta realidad científica? ¿Lo está el zoo de Barcelona? ¿Responde el zoológico a una ciencia basada en la lógica del individuo? En este sentido, por tanto, también nos hemos de cuestionar qué modelo científico puede estar a la altura de este reto. ¿Queremos un modelo cosmético que cambia la jaula por la instalación o un modelo ético que cambia la cautividad por la protección del individuo?

Para analizar estas cuestiones, deberíamos evaluar hasta qué punto los actuales criterios de bienestar animal reflejan los intereses de los animales como individuos, es decir, hasta qué punto, más allá de garantizar la supervivencia de los animales como entidades genéticas, se vela por el valor del individuo, el bienestar emocional, el desarrollo de comportamientos propios de la especie y las necesidades vinculadas al temperamento individual en una institución que en principio tiene vocación de protección animal.

Desde este eje de análisis, empezaré evaluando algunos de los considerados criterios científicos de bienestar animal. Para empezar, utilizaré como ejemplo el protocolo publicado en el año 2018 con participación del Zoo de Barcelona para evaluar el bienestar de las gacelas dorcas, un animal que, por cierto, sí goza de un programa de reproducción con reintroducción. Este estudio dice textualmente: “Actualmente hay una falta de protocolos que permitan evaluar objetivamente el bienestar de los animales salvajes en cautiverio”. También son destacables comentarios de artículos publicados en la revista de la propia Asociación Mundial de Zoos y Acuarios (WAZA) como el siguiente: “Todavía existen vacíos significativos en nuestro conocimiento para conseguir cubrir las necesidades físicas, sociales y emocionales de cada uno de los individuos a nuestro cargo”.

A pesar de estas explícitas informaciones, los zoos, el de Barcelona incluido, aseguran que garantizan el bienestar de los animales. Por tanto, nos encontramos frente un ejercicio de retórica que no refleja las posibilidades reales: tal y como queda reflejado en las citas anteriores, existe un gran desconocimiento sobre cómo se puede garantizar la expresión de comportamientos propios de la especie y las experiencias emocionales positivas. Además, hay que considerar la dificultada añadida por las diferencias específicas de especie y las diferencias específicas de individuo.

De aquí podemos extraer dos cuestiones: por un lado, estaríamos de acuerdo en que los datos neurocientíficos sobre los animales no-humanos nos invitarían a elevar el nivel de exigencia de los parámetros de bienestar, pero por otro nos encontramos con una realidad material que dificulta llevar a la práctica este reto. Pero una de las características destacables de la ciencia es que uno de sus motores de avance es su capacidad de corregirse a sí misma, y es precisamente debido a que el bienestar animal es importante, que la ciencia ha de ponerse al servicio de las alternativas éticas.

Por otra parte, y en relación a la vida en cautiverio, hay que recordar que los efectos perjudiciales de la cautividad se vinculan a la reducción del abanico de comportamientos que el animal puede desarrollar, es decir, a la imposición de condiciones por parte de la especie humana. Esto impide, por ejemplo, a los elefantes desarrollar sus rituales funerarios o a los grandes felinos controlar territorios que pueden llegar a las decenas de quilómetros cuadrados. Supuestamente, la neurociencia del siglo XXI ya ha superado postulados propios del siglo XVIII, aquellos postulados que separaban el cuerpo de la mente. Hoy sabemos empíricamente que condicionar los comportamientos que un cuerpo puede desarrollar es coartar el repertorio de emociones y experiencias que este individuo puede vivir. En el caso de los zoológicos, los individuos ven sus vidas condicionadas bien por el sacrificio mediante el culling, bien por las constricciones de la cautividad o bien por la inestabilidad vinculada a los programas de intercambio entre zoológicos. A estos aspectos hay que añadir factores de riesgo reflejados en artículos de la revista de la propia Asociación Mundial de Zoos y Acuarios (WAZA) que indican que determinadas especies pueden ser todavía más vulnerables tal como las especies migratorias, especies que ocupan grandes extensiones de territorio, especies que realizan grandes desplazamientos diarios o especies con un marcado carácter tímido.

Por tanto, ¿cuál es esta ciencia del bienestar que queremos? ¿Una ciencia que busca justificar la manera de mantener a los individuos en instalaciones? ¿O queremos una ciencia que se responsabilice de nuevos estándares éticos en función de los conocimientos actuales? Necesitamos unos criterios científicos y éticos que se hagan cargo no solamente de lo que se puede proporcionar a los animales silvestres en cautividad, sino también de lo que no podemos o no sabemos proporcionar y tomar decisiones en consecuencia.

Pongamos ahora encima de la mesa el modelo de reproducción ex situ sin programa de reintroducción. Este modelo depende de forma ineludible del intercambio de individuos entre diferentes zoológicos. En este proceso tienen lugar la captura, el manejo, la restricción de espacio prolongada, el transporte y la introducción en una localización desconocida. Tal como queda recogido en diversos estudios, este es un proceso inevitablemente estresante para el individuo y, por tanto, de nuevo el modelo de conservación ex situ se presenta como un hito incompatible con las aspiraciones expresadas por el zoo de Barcelona de velar por el bienestar de los animales en tanto que individuos y maximizar las experiencias emocionales positivas.

Cuando hablamos de la gestión de programas de reproducción sin reintroducción, hay otra cuestión importante a considerar: la práctica del culling. Ésta consiste en matar individuos sanos por cuestiones administrativas. Cuestiones administrativas ineludiblemente vinculadas al modelo de conservación ex situ. Hay que recordar que en los zoos europeos se matan al año entre 3.000 y 5.000 animales sanos y, además, el culling o eutanasia de gestión está avalada por la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA) a través de su guía de buenas prácticas. En Barcelona se ha debatido sobre el culling, pero no precisamente por iniciativa del zoo de Barcelona, sino porque las entidades animalistas se encargaron de dar a conocer a la ciudadanía la existencia de esta práctica. El zoo de Barcelona se comprometió a finales de 2015 a no hacer culling aunque el código ético del zoo de Barcelona realizado el año 2016 todavía recoge la posibilidad de practicarlo. En cualquier caso, si el zoo de Barcelona puede asumir el compromiso de no realizar esta práctica, ¿por qué no es una medida incorporada también por la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA)? Además, un zoo moderno tampoco puede disfrazar el culling mediante su externalización, enviando sus animales sobrantes a otros zoos.

Otra cuestión sobre la que me gustaría hablar es la de los rasgos de comportamiento específicos de individuo, es decir, de la personalidad. Para aquellas de vosotras que convivís von animales en el espacio doméstico parecerá una afirmación evidente, pero que hay que hacer: todas y cada una de las especies animales que han sido analizadas en este ámbito, han demostrado tener temperamento o personalidades específicas. Hay individuos más miedosos que otros, hay que son menos sociables, etc. Esto es relevante por el siguiente motivo: tal como he dicho al principio, hay una carencia de información para elaborar protocolos de bienestar ajustados a las necesidades de cada especie. Cuando ponemos sobre la mesa las diferencias de comportamiento de los animales a nivel individual, el reto de garantizar el bienestar animal se vuelve todavía más inaccesible.

En esta línea, la neurocientífica Lori Marino y la profesora de ética y filosofía política Lisa Rivera, ponen de manifiesto que la cautividad se da cuando un individuo con capacidad de desarrollar acciones intencionadas, se ve sujeto al control de un captor. Por tanto, la cautividad infringe la autonomía a través de una imposición de circunstancias.

Considero que cuando hablamos de animales tenemos que aprender a ampliar la mirada. Los chimpancés, pero también los capuchinos, pueden distinguir entre situaciones justas y situaciones injustas; los macacos y las ratas reconocen el sufrimiento de otros individuos, de hecho, cuando a una rata le ofreces dos posibilidades, o comer chocolate o liberar a una compañera atrapada, prioriza la segunda opción. Las cacatúas confeccionan herramientas. Primates, cuervos y pulpos realizan comportamientos dirigidos al futuro. ¿Qué relevancia tienen estos datos? Estos datos ponen de manifiesto que podemos aplicar el conocimiento científico en base a diferentes criterios. Hay una ciencia continuista, que descansa sobre viejos criterios y sobre una tradición de dominio y supuesto control de la naturaleza, pero hay otra ciencia que se pone a la altura del progreso de los conocimientos que genera y acepta los nuevos retos éticos que de aquí emergen.

Hoy el reto está en asumir la incapacidad de la cautividad de garantizar el despliegue de capacidades cognitivas y estados emocionales de los individuos sometidos a la imposición de condiciones. Hoy en el zoo se continúan aceptando criterios que se conforman con que los animales tengan comida y agua, que se agredan entre ellos dentro de las instalaciones e intentar que no sobrepasen el umbral de la locura, es decir, la manifestación de estereotipias (algo que, por cierto, no siempre es posible). Estar a la altura de las implicaciones éticas de nuestros conocimientos no pasa exclusivamente por proporcionar programas de enriquecimiento ambiental y analizar si funcionan, pasa por reconfigurar un modelo donde la ética y la ciencia son intereses en competencia, por un modelo que armonice ambas cuestiones.

Además, hemos de garantizar que la búsqueda que hacemos no solamente sea ética, sino que avance en la dirección que necesitamos. Habéis de saber que existen nuevas visiones científicas que emergen desde la convicción de que estamos fallando en la prevención de la extinción y en la lucha contra el cambio climático. Dos ejemplos serían las propuestas complementarias de la conservación compasiva y de la preservación justa. Estas nuevas visiones ponen en común los intereses de las generaciones más jóvenes, de los animales no-humanos y de las futuras generaciones tanto de unos como de los otros. Lo que conforma una plataforma sinérgica entre ciencia, ética y política, que poco tiene que ver con aquellos paradigmas que buscan continuar manteniendo los animales en cautividad, porque proteger la biosfera significa proteger los individuos que la habitamos.

Si nos tomamos seriamente el bienestar animal, si de verdad depositamos valor sobre el individuo, tenemos la posibilidad colectiva de hacer del zoo y de continuar haciendo de la ciudad de Barcelona un enclavamiento del nuevo paradigma ético y científico que necesitamos para estar a la altura de los conocimientos en materia de conciencia animal y urgencia climática.

Para ir terminando, hay una serie de factores que me gustaría poner en común:

  1. Falta de conocimiento y protocolos que permitan garantizar el bienestar emocional y las experiencias positivas,

  2. Imposibilidad de garantizar una vida libre de estrés debido a procedimientos intrínsecos a los programas de reproducción ex situ y de los inevitables intercambios de individuos entre zoológicos,

  3. características específicas de especie y de individuo que actualmente no se contemplan en los criterios de bienestar, y

  4. la cautividad como máxima de la cultura del dominio por medio de la extrema dependencia, la exhibición y el tedio. 

Contrariamente a lo que habíamos asumido históricamente, hoy los conocimientos científicos sobre conciencia y sintiencia animal nos convocan a dirigirnos al resto de animales en tanto que individuos con valor en sí mismos y no en tanto que objetos, ni representantes de una especie, ni contenedores de genes. Incluso hoy que lo sabemos, nos mostramos reticentes a estar a la altura de las consecuencias éticas que resultan de esta información. Pero la voluntad de una sociedad que se quiere cada vez más desarrollada, inclusiva y solidaria, es incompatible con un modelo de zoológico que reduce los animales a objetos y subyuga sus vidas al cautiverio» Adrià Voltes